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 / Creado por America Quesada / 15/01/2019

La formación en seguridad alimentaria para empresas

Formar a las personas tiene que gustar. Al menos yo no habría encontrado la manera de hacerlo si no sintiera la necesidad de transmitir mi pasión.

Como todas las mañanas me encaminaba somnolienta por la calle camino de la parada del autobús. No era hora punta todavía y me pude sentar y mirar la noche desde la ventana. Mi cabeza iba poniendo en orden la agenda del día intentando priorizar lo prioritario en el marasmo de prioridades y urgencias.

Al bajar del autobús la bofetada de frío me sacó del ensimismamiento de golpe. Cuando llegué a la oficina aún no había llegado nadie. Tuve que llamar al timbre. Siempre me ha gustado llegar pronto a trabajar. Me permite revisar el correo, las tareas pendientes, organizar las prioridades… mientras me tomo un café con calma.

A mi jefe también le gustaba llegar pronto. Se acercó a mi mesa con el abrigo puesto. Me saludó como hacía todas las mañanas y mientras se quitaba los guantes me espetó “Vas a dar formación”. Yo, desconcertada, dije “sí, claro, por supuesto, pero ¿por qué yo?” A lo que me contestó “porque sé que tú te vas a implicar”.

Fue un jefe muy exigente pero un gran jefe. Y me conocía más que yo misma.

Con aquel encargo bajo el brazo cogí el bloc “de pensar”, el portaminas del 0,2 -las manías son las manías- y empecé a anotar todas las cosas que no me habían gustado cuando había recibido clases y cursos a lo largo de toda mi vida. Entre dibujitos en los laterales del papel brotaban palabras sueltas: aburrimiento, monotonía, pasividad, perorata,… No recuerdo cuántas pero fueron muchas, muchísimas. Tenía claro cómo no lo quería hacer. Al mismo tiempo, me acordaba de aquellas clases magníficas de un catedrático de la facultad. Las clases se llenaban porque era un placer escucharle, simplemente escucharle. Tenía claro a quién me gustaría parecerme.

Formar a las personas tiene que gustar. Al menos yo no habría encontrado la manera de hacerlo si no sintiera la necesidad de transmitir mi pasión por la materia que imparto, por árida que en apariencia esta pueda ser. No consiste en exhibir ante el alumno mi virtuosismo en la materia sino mi pasión, mi compromiso y que ellos lo hagan suyo también. Ya advierto que no es fácil.

Dominar la materia, encontrar las ideas claves que lo hagan fácil, contarlo de manera atractiva, personalizarlo al máximo, adaptarlo al nivel de los oyentes, que sea participativo, la duración idónea. Impartir formación en el ámbito de la alimentación requiere un gran trabajo previo en la sombra para conseguir el objetivo. La formación tiene que ser de calidad.

 

El conocimiento se adquiere ladrillo a ladrillo

 

El diccionario de la RAE da para “formar” diez acepciones. Aunque la más adecuada en este caso es la quinta “preparar intelectual, moral o profesionalmente a una persona o a un grupo de personas”, a mí la que más me gusta es la segunda “hacer que algo empiece a existir”. Donde había desconocimiento tiene que empezar a existir. Para que empiece a desarrollarse y crecer, que es lo que importa, los cimientos sobre los que se construye y se crece, deben ser pocos pero muy sólidos. ¿Cuántas veces hemos ido a clases y cursos de los que hemos salido con más dudas que soluciones? ¿Cuántas veces hemos comparado con nuestros compañeros de curso las notas tomadas y son dispersas o distintas?

No deberíamos tener que elegir entre comunicación o contenido, pero si debemos hacerlo, sin duda elegiría comunicación.

Os voy a contar un ejemplo real. Soy auditora de calidad y seguridad alimentaria. Un cliente de industria alimentaria valoraba la posibilidad de subcontratar una parte del proceso de producción en el lanzamiento de un nuevo producto. Para ello, me pidieron que auditara la empresa que iba a ser subcontratada. Comprobé que los operarios que estaban manipulando el producto habían recibido formación en seguridad alimentaria. Cuando entré a planta me acerqué a un operario que estaba trabajando en un PCC y le pregunté qué significaba PCC, por qué lo era y cuál era la gravedad de un incidente allí. Los registros de la formación recibida indicaban que debía saberlo. El pobre hombre, pasando un mal rato, empezó a dar explicaciones erráticas. Mi pretensión no era poner en evidencia a un operario concreto -la de un auditor nunca lo es, pero de la función de la auditoría hablaré en otra ocasión- sino saber si tenía clara la responsabilidad de la posición que ocupaba.

La formación no había sido eficaz, no había conseguido su objetivo. Si no tenía claros, clarísimos, los tres o cuatro conceptos básicos ¿para qué servía haberle hablado, a él y a los demás asistentes, del Códex Alimentario, de normativa, del diagrama de flujo y del resto de la metodología de análisis? Sencillamente de nada.

Mi experiencia personal auditando y recibiendo formación, me han hecho primar la buena comunicación de la materia sobre el virtuosismo de los contenidos. Si el interlocutor no entiende o se le aturulla sobrecargándolo de información que no puede procesar, la formación se quedará en algo así como “me suenan las campanas… pero no sé dónde”.

 

Mi misión es ayudar a las empresas a alcanzar el nivel más alto de calidad en el área de seguridad alimentaria.